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Los relatos

Foto: www.google.com.ar
Por Lautaro Peñaflor

Durante los años de gobierno del Frente Para la Victoria escuchamos muchos periodistas, políticos, intelectuales y ciudadanos hablar del famoso “relato”: una suerte de armado discursivo del que se valían la ex Presidenta Cristina Fernández, los miembros de su gobierno y sus militantes, para encuadrar sus actos desde la palabra.

Así, se colmaron los actos de gobierno de frases que denotaban un discurso popular, enfrentado a los medios de comunicación hegemónicos y a los poderes económicos concentrados, en constante paralelismo con “antes del 2003”. Fue en dicha época, muy frecuente escuchar frases como “el amor vence al odio”, “modelo nacional y popular”, o “Patria sí, buitres no”. Y palabras como “gorilas”, “cipayo” o “vendepatria” se hicieron bastante comunes.

No importa si El Relato tuvo correspondencia con la realidad: su rol no era ese, sino que pretendía ser efectivo y atractivo. Tener pregnancia. Queda fuera del ámbito discursivo del relato su resistencia a los análisis posteriores. Su amplitud y laxitud permite encontrar en él un sinfín de respuestas que dicen, pero sin decir nada. Respuestas que suenan atractivas, y hasta parecen argumentos válidos, pero que sólo son recursos retóricos.

No todo el kirchnerismo fue meramente relato, ni todas las partes del relato kirchnerista se vincularon con el plano fáctico. Sostener una de ambas afirmaciones sería un acto de necedad, por igual en los dos casos. De todos modos, “el relato” fue uno de los puntos que los opositores al gobierno de Cristina Fernández (los moderados, los constructivos y- aún más- los acérrimos detractores destructivos), lo utilizaron para criticar “el modelo”.

Cambio de gobierno mediante, el interrogante que surge es: ¿fue el kirchnerismo el único en tener un “relato”, o todos los gobiernos tienen el suyo? La segunda opción parece adecuada.

Pensando en términos históricos la cuestión, parece surgir tal respuesta. Alfonsín y la recuperación de la democracia utilizando el preámbulo de la constitución como discurso de campaña, Menem y si sus maniobras para achicar el estado en búsqueda de la eficiencia perdida por parte de la política, etcétera.

Pero también aparece tal conclusión del análisis de discurso macrista, considerando que desde la campaña que erigió al candidato de Cambiemos como Presidente de la Nación, pudimos empezar a dilucidar el armado de su propio relato. Sí, un relato, tal y como muchos de sus mismos votantes criticaban al anterior gobierno.

Así, el nuevo oficialismo hace constante oda del diálogo y del consenso. Es permanente, también, la alusión a “volver a ser un país normal”. Y la “pesada herencia recibida” no es más que parte del armado discursivo del PRO, para contextualizar en el plano de lo retórico, sus actos de gobierno (algunos, incluso, injustificables).

Pero también su relato choca, en algunos aspectos, con la realidad: ¿es el nuevo gobierno un discurso realmente consensualista? A menudo pareciera que no. Al menos, a modo de ejemplo, no parece precisamente dialoguista ni fruto de un gran consenso llevar adelante un gobierno vía decretos presidenciales (máxime en cuestiones institucionalmente tan relevantes como el nombramiento de jueces de la Corte Suprema, por más de que hubo una suerte de marcha atrás en este aspecto).

Sin duda, sí demostraría capacidad de diálogo, llamar a Sesiones Extraordinarias al Congreso, y avanzar sobre aquellas medidas en las que haya acuerdos plurales que permitan las mayorías necesarias para su aprobación. Reprimir una protesta social (como sucedió con Cresta Roja), tampoco es demostrativo de diálogo. La intención de mostrar autoridad le ganó al consenso en esa ocasión, en la que el violento y repudiable acto de reprimir fue antepuesto a la búsqueda de un método alternativo de resolución del conflicto.

No obstante, ambos relatos se necesitan: el kirchnerismo necesitó de esos “otros” para armar su retórica divisoria. Y el discurso de Cambiemos necesita del kirchnerismo para trazar su horizonte, que busca “unir a quienes se dividieron”. Sin inmiscuirnos en el modo de entender y hacer política de ambos partidos, ninguno de los dos relatos tiene, necesariamente, anclaje en el plano de los hechos ni contenido profundo. Son más marketing que política.

Podríamos comparar su modo de funcionar, con el de los refranes y dichos populares: no son ni verdaderos ni falsos, y siempre se les puede contraponer otro aforismo breve y efectivo.  “Al que madruga, Dios lo ayuda”, pero “No por mucho madrugar se amanece más temprano”. Así funciona la cosa. El nuevo relato macrista parece contraponerse al kirchnerista desde esa lógica.

Es, precisamente, en ese sentido, que terminan reduciendo la discusión política a frases breves y efectivas, sin ningún bagaje teórico ni ideológico. En este tema sí parece haber acuerdo: los discursos marketineros resistieron el traspaso de mando.

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