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“No sé qué hago en este lugar, pero estoy acá”.

Ese es un pensamiento en el que me encuentro seguido, más de lo que me gustaría. En esos momentos de desencuentro entre lo que me pasa y el contexto en el que estoy, empiezo a teorizar mentalmente acerca de las personas. 

Lo primero que observo es que a todos les gusta parecerse bastante. En el mejor de los casos es una elección y en el peor, simplemente les pasa. Irreflexivamente. 

Y no sólo es notoria esa estandarización horrorosa, sino que las interacciones empeoran las cosas. Muchas veces, mientras me hablan o participo de alguna charla, no puedo alejarme del pensamiento de que no tengo ganas de estar ahí. Y todo se agrava cuando me afirmo a mí mismo que no tengo por qué prestar atención a una conversación que no me interesa. No me quiero obligar a eso. 

Entonces intento buscar un por qué, y no sé si doy con él, pero la explicación que ensayo me conforma un poco. Nadie escucha a nadie. Todos intentan hablar de sí mismos con un egoísmo tan pandémico como normal en nuestros tiempos (uf, parezco un viejo cuando releo esto). Pero la mayoría son tan yoicos que impresiona. 

Y cuando te dedicás a prestar atención a lo que el otro dice de una manera analítica, como yo cuando no quiero formar parte del diálogo, te das cuenta que cada persona tiene dos discursos acerca de sí mismo, que sólo les interesa hablar de su persona y hacerlo sólamente en uno de esos dos sentidos discursivos. 

Ese sentido discursivo que todos escogen, es aquel en el que todo va bien. Las personas parecen no tener tristezas, ni problemas, ni angustias. Sus vidas son perfectas, como las fotos sobrecargadas de efectos que se comparten en Instagram (y en Facebook, y en WhatsApp y próximamente en el microondas, como dijo un amigo). 

En definitiva- como todo- el marketing y la sociedad de consumo definen hasta qué contamos de nuestras vidas. La felicidad tiene buena prensa: tenemos que aparentar estar felices, aparentar ser exitosos, aparentar que todo se nos da bien. Las mismas redes sociales te vuelven egocéntrico y te hacen alardear de vos mismo en un diálogo inexistente, porque cada vez te encierra más con vos mismo. 

Estar triste, cargar una angustia, sentir pesar, que te vaya mal en algún aspecto de tu vida es algo que no está permitido en nuestra sociedad de sentimientos artificiales. No es lo que se comparte en redes sociales. Esa imagen que creamos de nosotros mismos a través del ciberespacio, es la que después proyectamos ante el mundo. 

El resultado es que todos se parecen entre sí, porque ese submundo virtual te exige ciertas cosas y te limita en otras al mismo tiempo. Y eso me descoloca muchísimo, me hace sentir ajeno porque considero que hay que escapar de esa lógica para que no te atrape. 

En ese mundo irreal prefiero sentirme descolocado y seguir pensando “qué hago acá” cuando me encuentro expuesto en esas situaciones. A mí me interesan las personas reales, las que tienen tantas alegrías como tristezas y problemas a los que enfrentan con entereza y madurez. Lo demás, es ficción.

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